LAS ENTREVISTAS, ¿SON TAN ODIOSAS COMO SE CREE?

Las entrevistas son un hueso duro de roer que no queremos ver ni en pintura. Nos ponemos nerviosos, sudamos en exceso y el tiempo cambia su metraje tan lento como rápido según sean buenas o malas las vibraciones que estemos sintiendo.

En ocasiones, para caldear más la situación, el transporte público tampoco ayuda y hace que lleguemos a la cita laboral con el pelo más despeinado del que quisiéramos y el vestuario reconvertido en informal.

En una entrevista nos jugamos nuestro futuro profesional y, en muchos casos, incluso la consecución de un sueño. Ponemos toda la carne en el asador, nuestra mejor sonrisa y mejores argumentos sobre la mesa para mostrar a nuestro entrevistador que somos el trabajador adecuado para ese puesto.

Sin embargo, en otro tipo de situaciones, el hecho de formar parte de una entrevista no significa jugarse el cuello. Es el caso del design thinking, un método de diseño creativo con el que crear soluciones a partir del posicionamiento en el lugar del otro, del cliente. Cada vez son más las clases de design thinking español que se están llevando a cabo.

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EL VALOR DE LAS ENTREVISTAS EN EL DESIGN THINKING

Dentro de la metodología del design thinking, las entrevistas se realizan en la primera fase, la que comúnmente se conoce como de ‘Empatía’. En ella, tanto nuestro cliente como nosotros mismos estrechamos lazos al indagar en nuestros contextos, problemas y soluciones a buscar. Colocarse en la posición del otro no es tan complicado si se siguen una serie de pasos claves, todos ellos presentes en una buena entrevista.

Para empatizar mientras se realiza una entrevista, uno ha de saber qué preguntas hacer y cuáles no. La que nunca debe faltar en una entrevista así es ‘por qué’. Dos palabras tan sencillas como de complicada contestación (en algunos casos).

Los silencios no siempre son mal compañeros y el lenguaje no verbal te dará tantas pistas como aquello que tu cliente expone de viva voz. En cada turno sólo realiza una pregunta e incentiva a que cuente, que se sienta cómodo y relajado ante la charla.

El tono de las preguntas ha de ser neutral y, sobre todo, evita preguntas que puedan ser contestadas con monosílabos o de manera escueta: de esta manera apenas conseguirías información para documentarte sobre qué y cómo. Tampoco es aconsejable terminar las respuestas por tu interlocutor.

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